Durante junio pasado, el noroeste europeo enfrentó una crisis humanitaria sin precedentes cuando una ola de calor extremo provocó el aumento de 16.000 muertes en tan solo siete días. El desastre climático expuso la desprotección de poblaciones enteras ante fenómenos meteorológicos severos.
La región no disponía de los recursos ni de la planificación necesaria para responder a una ola de calor de tal intensidad. Los sistemas sanitarios funcionaron en condiciones de saturación permanente, mientras que las instituciones gubernamentales se esforzaban por implementar medidas de emergencia.
El calor récord avanzó por gran parte del continente, generando fallecimientos particularmente altos en zonas con mayor densidad de población vulnerable. Ancianos, enfermos crónicos y personas en situación de pobreza fueron los más afectados por las temperaturas letales.
La infraestructura urbana de muchas ciudades se demostró inadecuada para proteger a sus habitantes. Viviendas sin climatización, escasez de espacios refrigerados de refugio público y falta de sistemas de alerta anticipada configuraron un escenario de vulnerabilidad total.
Los datos sobre mortalidad durante esa semana crítica constituyen una advertencia sobre lo que podría repetirse si no se implementan cambios significativos. Los gobiernos europeos enfrentan el desafío de invertir urgentemente en adaptación climática, fortalecimiento de infraestructura y capacitación de sistemas de salud para enfrentar el incremento de eventos climáticos extremos en el futuro próximo.
Imagen: Lara Jameson / Pexels – Con informacion de Clarín







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